miércoles, 27 de marzo de 2013

ESCUCHANDO LA VOZ DORMIDA


La escucha es parte fundamental de la actitud de acariciar en cualquier relación humana. Siempre recordaré el efecto que tuvo para mi aquel dicho de que “Dios puso dos oídos y una boca, simplemente para que escuchemos el doble de lo que hablamos”. 
Hay una profunda necesidad como seres humanos de ser oídos, sentirnos vistos y respetados. Cuando en terapia la actitud principal es de escucha atenta y auténtica, iremos percibiendo que los demás se irán sintiendo confiados e irán siendo cada vez más sinceros con nosotros. En algunos casos tendrá efectos tranquilizadores y distensores, la persona se sentirá valorada y reconocida en su foro interno, nos permitirá explorar e indagar el fondo de los problemas y haremos sentir que hacer terapia es un regalo.
Hoy todos quieren hablar y saber que decir, pero lo más importante a la hora de hablar es saber y tener algo valioso que escuchar. En las escuelas de padres y madres, muchos de ellos hacen una afirmación al parecer obligada “a veces no se que decirle a mi hijo”. Escuchar es más difícil de aprender y desde luego, de enseñar. Los padres enseñan el arte de acariciar escuchando con cada gesto, en el almuerzo, a la hora de atender las vivencias de los niños cuando vienen del cole, en el conflicto entre sus hijos, con algún amigo, etc
Pero verdaderamente, no siento que a la escucha se le esté dando la misma importancia y el mismo valor que al decir o al hablar. Creo que es necesario un aprendizaje específico y auténtico en esta dirección. Las personas aprendemos a escuchar cuando somos escuchados. Sin escucha el ejercicio de recibir a los demás y comprenderlos es inevitablemente inútil. Si el niño ve que sus padres pelean y no se escuchan, no dan tiempo para comprenderse sin juicio, para ver lo que pasa entre ellos, pueden aprender a “no escuchar”.
Para ello la escucha ha de ser descargada sólo de consejos, debeísmo limitantes, prisas y tensiones innecesarias. Es en definitiva, esta escucha sin más, la que en momentos cruciales de tránsitos dolorosos sirve de presencia y acompañamiento a ese ser dolido y doliente que muestra su sed de escucha, su necesidad de reconocimiento y su hambre de caricias.
Cuando una persona se encuentra frente a esta actitud primera y esencial de ser escuchado profundamente, se encuentra acariciado y se abre. Si esta apertura no se da, simplemente no existirá la entrega ni tampoco habrá encuentro humano. La entrega es el ejercicio de ir renunciando al miedo, a la vergüenza, a la culpa, …repetitivas, para dejar salir lo más auténtico. 
Lo que cada día nos obligamos a esconder, resguardar y disfrazar, para sobrevivir, se vuelve vulnerable de nuevo. Cuando nos sentimos demasiado vulnerables aprendemos muy temprano a protegernos tras la máscara que nos permite, al menos sobrevivir. Pero es a través de la vulnerabilidad como podemos volver a sentir la plenitud, la autenticidad y la intimidad.
Al contrario, pensamos que ser vulnerables es más ser débiles, fáciles de herir y sin capacidad, que sensibles y receptivos. Nos replegamos cuando nos sentimos amenazados, heridos o juzgados, es decir cuando nos sentimos intimidados.
Vivimos en una sociedad que da más valor a intervenir hablando que a escuchar recibiendo. Hay grandes oradores, conocidos por todos, pero ¿qué gran escuchador podemos señalar que lo es en los programas televisivos?. Vemos programas de televisión donde interrumpir constantemente, juzgar lo que los demás hacen, saber más de la vida del otro que ellos mismos, etc son los valores del mejor periodismo.
Es a su vez muy normal, por ejemplo en casos de duelo, quitar importancia en vez de escuchar los sentimientos de las personas sufrientes con expresiones de “no te preocupes”, “no llores más que tus hijos te van a ver sufrir”, “todo pasa, ya lo verás”, “no pienses más en eso”, etc o simplemente hablando de nuestras anécdotas cuando el otro está necesitando, simplemente, ser escuchado y acompañado con la escucha.
La escucha es una de esas formas de estar que nos ayuda a sintonizar con las frecuencias e intensidades del funcionamiento mental, emocional y energético de los demás. La relación y el intercambio de caricias son especialmente sensibles a la actitud de escucha. Sin escucha no hay comunicación y sin ella, jamás puede haber caricias. 

JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ LUJÁN, Marzo de 2013

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